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La gira Shohanai EU/UK 2025 de Ankor sigue avanzando con paso firme y, el pasado viernes 21 de febrero, hicieron una parada muy especial en casa: La [2] de Apolo. Quería formar parte del evento desde el principio, así que bajé en Paral·lel con tiempo de sobra, lo que me permitió hacer una parada técnica antes y descubrir que ya había bastante gente haciendo cola antes de la apertura de puertas, señal de que la expectación era alta.
Apenas había podido escuchar a las bandas teloneras antes del concierto, pero me sorprendieron gratamente, ya que encajaban perfectamente con la sinergia de la banda catalana. Aun así, faltaba la prueba de fuego: ver cómo se desenvolvían en directo.
Al entrar en la 2, incluso antes de que comenzara a tocar la primera banda, ya había unas 200 personas en las primeras filas, impacientes. Aun así, tuve tiempo de echar un vistazo al merch, que esta vez estaba distribuido en los dos laterales de la sala: uno para Seven Blood y Conquer Divide, y otro para Ankor.
Seven Blood
Abrir una noche como esa no era fácil, pero Seven Blood salió al escenario con la seguridad de quien sabe lo que tiene entre manos. A pesar de contar con solo una guitarra en su formación, su directo estuvo lejos de sentirse vacío. Con algunas bases electrónicas que añadían profundidad a su sonido y una actitud arrolladora, la banda conectó con el público desde el primer minuto. Los tres miembros se encargaban de los coros en varias canciones, aportando dinamismo a cada tema y asegurando que el público no dejara de moverse. Aunque el aforo todavía no estaba completo, iba en aumento hasta alcanzar las 300 personas, mientras los alemanes se entregaban al máximo en su corto show de poco más de media hora.
Conquer Divide
Si Seven Blood había encendido la mecha, Conquer Divide fue la gasolina. Su primera impresión la marcó su cuidada estética: tonos naranjas combinados con lilas y verdes iluminaban el escenario, creando una atmósfera hipnótica. Pero lo más impactante fue su sonido, mucho más potente que el de la banda anterior. La combinación de voces limpias y guturales estremecedores, cortesía de Blake Howard, quien sustituía a Izzy Johnson, estaba perfectamente equilibrada y llevó la intensidad del concierto a otro nivel. También destacó la potencia del doble bombo en varios temas, que retumbaba con la fuerza de un martillo golpeando una forja en plena ebullición.
La reverb en la voz aportaba un extra de profundidad a los momentos más melódicos, generando contrastes que mantenían la atención del público en todo momento. Y vaya si supieron ganárse a la audiencia. Desde el primer tema, no dejaron de animar a los asistentes, incluso pidiendo un moshpit con un significado más emocional que violento. Para cuando terminaron su set, la sala ya contaba con unas 400 personas, y la temperatura estaba en su punto álgido.
Ankor
Tras una breve pausa para refrescarme, mientras sonaban temazos de fondo, llegó el momento de la noche. Ankor salió al escenario y, desde el primer acorde de «The World Is a Cruel Place, but Also Beautiful», la sala explotó. Literalmente. El pogo se desató, el público saltaba, gritaba y coreaba cada canción como si la vida dependiera de ello. No tardaron en dejar claro que lo suyo no es solo música: es actitud, es mensaje, es una comunidad. Con una puesta en escena impecable y una Jessie Williams espléndida, como cabeza visible, equilibraron su potente sonido con una conexión especial con el público.
Las bases electrónicas, disparadas con precisión, añadían una textura extra a cada tema, dándoles una dimensión que en directo cobra vida propia. Entre canción y canción, la banda se tomó el tiempo de agradecer a todas y cada una de las personas involucradas en la gira, reforzando esa sensación de que Ankor no es solo un grupo, sino una familia, dentro y fuera del escenario.
Uno de los momentos más emotivos llegó tras «Oblivion». Ahí, en un silencio casi solemne, Jessie se dirigió al público con palabras sinceras y cargadas de emoción. Fue un instante de comunón total, en el que las 600 personas presentes parecían respirar al unísono, atrapadas en la intensidad del momento.
Los catalanes combinaron temas de su último disco con otros más antiguos, repasando parte de su discografía más reciente. Quedó claro que había seguidores de todas las épocas: desde los que llevan años siguiéndolos hasta los que nos hemos enganchado recientemente con su nuevo LP. Los temas antiguos no desentonaron en absoluto, en gran parte gracias a Eleni Nota, quien además tuvo su momento con un breve pero potente solo de batería.
Pero si algo sabe hacer este grupo es cerrar sus conciertos con un golpe de efecto, y esta vez no fue la excepción. Como colofón, tras la bailable «Echoes» y un último agradecimiento, sorprendieron con una versión de «Moonlight Shadow», que en un principio parecía una pista disparada a modo de despedida, pero que terminaron interpretando al más puro estilo Ankor. Cuando todo parecía haber terminado, mientras la banda se despedía entre abrazos y sonrisas, los altavoces comenzaron a sonar con la mítica banda sonora de Jurassic Park. Fito aprovechó ese momento de emoción para lanzarse al público, provocando un final inesperado y perfecto.
Barcelona vivió una noche de pura entrega, donde la música no fue solo música, sino una declaración de intenciones. Ankor no dejó lugar a dudas: está en su mejor momento, y lo que ocurrió en esa sala fue más que un concierto, fue una experiencia. Los que estuvimos allí lo sabemos: no se puede explicar del todo con palabras, pero se puede sentir en cada golpe de bombo, en cada grito de emoción y en cada latido acelerado del corazón.